Santo Domingo. – Tras el arresto de Jesús, todo parecía haber llegado a su fin. Aquel hombre que muchos veían como el gran libertador de Nazaret había caído en desgracia y estaba solo, sin nadie que lo defendiera.

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De acuerdo con los evangelios, las autoridades mandaron tomar preso al nazareno tras llegar a un acuerdo con uno de sus discípulos, Judas Iscariote, a quien le habrían pagado 30 monedas de plata (30 siclos: 432 gramos) para entregarlo.

La noche que lo apresaron se encontraba orando en un monte junto al grupo de los doce, incluido Judas.

Luego de eso, lo llevaron primero ante Anás, porque era suegro de Caifás, que era sumo sacerdote ese año.

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Caifás era el que había aconsejado a los judíos que convenía que un hombre muriera por el pueblo.

Incluso los suyos terminaron por dejarlo solo

Todo se volvió en su contra, desde la muchedumbre que lo aplaudía con júbilo y que ahora presionaba en su contra, hasta la negación de uno de los discípulos que decía quererle y que daría la vida por él, Pedro, quien terminó negando conocerlo tres veces.

A pesar de que, antes de entrar a Jerusalén, les había advertido todo eso, sus discípulos no recordaron nada de lo que les había advertido.

Desde ese primer interrogatorio en casa del sumo sacerdote, comenzó la vejación y maltrato físico y verbal contra Jesús.

Pilato se lavó las manos ante el pueblo condenando a un inocente

Luego de ser interrogado por el sumo sacerdote, el apresado fue llevado ante el gobernador, Poncio Pilato, quien lo interrogó ante las autoridades religiosas.

“¿No oyes cuántas cosas testifican contra ti?”. Jesús no respondió ni a una sola pregunta
“¿No oyes cuántas cosas testifican contra ti?”. Jesús no respondió ni a una sola pregunta

El Evangelio de Mateo relata que fue llevado ante el gobernador, quien lo interrogó: “¿Eres tú el rey de los judíos?” “Tú lo dices,” le contestó Jesús (Mt 27, 11).

“¿No oyes cuántas cosas testifican contra ti?”. El nazareno no respondió ni a una sola pregunta, por lo que el gobernador estaba muy asombrado.

Jesús ante Herodes

Al enterarse Pilato de que Jesús era galileo y que pertenecía a la jurisdicción de Herodes (Antipas), lo remitió a éste, que también estaba en Jerusalén en aquellos días.

Herodes lo interrogó extensamente, pero Jesús nada le respondió. Los principales sacerdotes y los escribas también estaban allí, y lo acusaban con vehemencia.

Entonces Herodes, con sus soldados, después de tratarlo con desprecio y burlarse de él, lo envió de nuevo a Pilato.

Eligen al justo sobre el bandido

En cada fiesta, el gobernador acostumbraba soltar un preso al pueblo, lo que hoy se conoce como indulto.

Tenían entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Pilato les dijo: «¿A quién quieren que les suelte: a Barrabás o a Jesús, ¿llamado el Cristo?».

Los evangelios narran que Pilato sabía que a Jesús lo habían entregado por envidia (Mt 27, 18), pero, para evitar una revuelta, prefirió desvincularse del asunto.

Los principales sacerdotes y los ancianos persuadieron a las multitudes que pidieran a Barrabás y que dieran muerte a Jesús.

Como entonces, la presión puede más que la justicia. Muchos son condenados injustamente por presión mediática o política, mientras los verdaderos culpables siguen libres.

Pilato les dijo:
Pilato les dijo: «¿A quién quieren que les suelte: a Barrabás o a Jesús, ¿llamado el Cristo?».

En el caso de Jesús, Pilato sabía que era inocente. Sin embargo, por miedo a la reacción del pueblo, influido por los sacerdotes, decidió condenarlo a muerte.

“¿A cuál de los dos quieren que les suelte?” Ellos respondieron: “A Barrabás” (Mt 27, 21).

Pilato les dijo: “¿Qué haré entonces con Jesús, llamado el Cristo (Mesías)?” “¡Sea crucificado!” dijeron todos.

Quedaba claro que el gobernador buscaba desligarse del asunto.

Y, tratando de justificar su acción, Pilato preguntó: “¿Por qué? ¿Qué mal ha hecho?” Pero ellos gritaban aún más: “¡Sea crucificado!”.

Al ver la multitud enfurecida, el gobernador tomó agua y se lavó las manos, diciendo: “Soy inocente de la sangre de este justo. ¡Allá ustedes!”.

Entonces les soltó a Barrabás, y después de hacer azotar a Jesús, lo entregó para que fuera crucificado.

Ahí comenzó el camino del apresado hacia el calvario. Fue golpeado y sometido a una brutal violencia, solo por hablar de un reino, contradiciendo al poder religioso de la época.

Fue maltratado por defender a los humildes, por sanar a los enfermos, darles vista a los ciegos y hacer hablar a los mudos.

Como entonces, aún hay quienes son perseguidos por enfrentar al poder y defender a los más vulnerables.

Camino a la cruz

Luego que Pilato se desligó, los judíos tomaron al nazareno y lo pusieron a cargar su cruz al sitio llamado el lugar de la Calavera, que en hebreo se dice Gólgota, donde lo crucificaron.

Además de Jesús, aquel día crucificaron con él a otros dos, uno a cada lado.

“Jesús el nazareno, el rey de los judíos” (Jn 19, 19), fue el letrero que Pilato mandó a colocar tras su condena.

Luego que Pilato se desligó, los judíos tomaron al nazareno y lo pusieron a cargar su cruz al sitio llamado el lugar de la Calavera

A pesar de no haber tenido defensa, el mesías no estaba del todo solo, junto a la cruz estaban su madre, y la hermana de ella, María, la mujer de Cleofás, y María Magdalena (Jn 19, 25).

Es difícil dimensionar el dolor de una madre al ver a su hijo condenado de esa manera.

Si bien es cierto que Jesús es Dios para muchos, también vivió como un ser humano y experimentó el dolor como cualquiera.

Las siete últimas palabras de Jesús antes de morir en la cruz

“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34).

Incluso en ese momento, pidió perdón por quienes lo condenaban.

“En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23, 43).

Así le respondió a uno de los dos que había sido crucificado junto a él y que le había pedido: “Jesús, acuérdate de mí cuando vengas en tu reino” (Lc 23, 42).

“Mujer, ahí está tu hijo… Ahí está tu madre” (Jn 19:26-27).

Como hijo único que era, no quería dejar a su madre sola, así que se la encomienda a su mejor amigo, uno de sus discípulos a quien más amaba.

“Eli, Eli, ¿Lema Sabactani?” Esto es: “Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado?” (Mt 27, 46).

Con esa expresión, Jesús deja ver su lado más humano, en medio del dolor y la soledad.

“Tengo sed” (Jn 19:28). Tras los muchos maltratos, se siente seco, agobiado y pide agua, pero en su lugar, le dieron vinagre, lo que representa el odio y el desprecio que sentían por él.

Y clamando a gran voz, Jesús dijo: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Habiendo dicho esto, expiró (Lc 23, 46).
Y clamando a gran voz, Jesús dijo: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Habiendo dicho esto, expiró (Lc 23, 46).

Entonces, cuando hubo tomado el vinagre, dijo: “¡Consumado es! ¡Cumplido está!”, e inclinando la cabeza, entregó el espíritu (Jn 19, 30).

Y clamando a gran voz, dijo: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Habiendo dicho esto, expiró (Lc 23, 46).

Así cumplía todo lo que los profetas habían escrito sobre él, nada quedó sin cumplirse.

Pero, aunque muchos, incluidos sus seguidores, creyeron que ese había sido el fin, la historia apenas comenzaba.

Aquel no era el final. Era el inicio de algo que cambiaría la historia.