Cuando la madrugada bosteza sus últimos soplos y el alba rompe, decenas de personas, en su mayoría hombres indigentes, drogadictos, sin techo o enfermos mentales, comienzan a desocupar los rincones debajo de los elevados y en bancos de los parques del Gran Santo Domingo, que usaron la noche anterior para descansar su estropeado cuerpo.

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